
por el Dr. Mariano Parapar
Soy médico de dueños de empresa y profesionales independientes.
Llevo más de 20 años estudiando y tratando cómo la exigencia sostenida puede alterar la salud y el funcionamiento de las personas.
Durante este tiempo he visto algo que se repite en este tipo de personas que, desde afuera, siguen funcionando perfectamente.
Siguen trabajando.
Siguen tomando decisiones.
Siguen sosteniendo a su familia.
Siguen haciendo ejercicio.
Siguen haciendo crecer su empresa.
Pero algo empezó a cambiar.
Duermen peor.
Les cuesta desconectarse.
Están más irritables.
Tienen menos energía.
Les cuesta concentrarse.
Ya no resuelven con la misma facilidad.
Y cada vez necesitan más esfuerzo para hacer lo mismo que antes.
Lo más peligroso es que muchas veces todavía pueden seguir funcionando así durante años.
Hasta que empiezan a pagar un precio demasiado alto.
Por eso, después de tantos años de práctica médica, llegué a algunas conclusiones que cambiaron completamente mi forma de abordar estos casos.
Estas son algunas de las más importantes.
1. El problema puede empezar precisamente cuando todavía funcionás perfectamente
Uno de los errores más frecuentes es esperar a estar realmente mal para considerar que algo te está pasando.
Pero muchas veces el deterioro empieza mucho antes.
Hace un tiempo atendí a una gerente de finanzas de un banco que describía su situación de una manera muy gráfica:
“En el trabajo me lleva la corriente.”
No estaba incapacitada.
No había dejado de trabajar.
No había dejado de cumplir.
El problema era otro.
Su vida se había ido organizando alrededor de las demandas de su trabajo hasta que, sin darse cuenta, dejó de decidir cómo quería vivir.
Como ella misma lo resumió:
“No sé cuándo perdí el control. Se me fue acumulando.”
Eso es algo que veo con frecuencia.
No hay un día en el que todo se rompe.
Hay años en los que el organismo va compensando.
Hasta que para seguir funcionando necesita cada vez más de vos.
Y ahí aparece una paradoja:
podés estar funcionando perfectamente y, al mismo tiempo, estar empezando a deteriorarte.
2. El síntoma que te trae a consulta no siempre es el problema que hay que resolver
Una persona puede llegar porque duerme mal.
Otra porque está permanentemente contracturada.
Otra porque tiene problemas digestivos.
Otra porque está agotada.
Otra porque aumentó de peso y no consigue bajarlo.
Y otra porque siente que ya no tiene la misma claridad mental.
Es tentador tratar cada cosa por separado.
Pero cuando varias manifestaciones aparecen juntas, la pregunta que me interesa no es solamente:
“¿Qué hacemos con este síntoma?”
La pregunta es:
“¿Qué está haciendo que tu organismo tenga que funcionar de esta manera?”
Una empresaria del sector informático llegó porque llevaba meses durmiendo mal. Se acostaba agotada, se despertaba varias veces y empezaba el día como si no hubiera descansado.
Durante el día seguía trabajando, pero algo más había cambiado: digestión pesada, tensión muscular e irritabilidad.
Podíamos haber tratado cada cosa por separado. Pero al mirar el conjunto apareció el patrón: meses de presión, comidas a deshora, alerta constante y ningún espacio real de recuperación.
El insomnio no era el problema aislado. Era una de las formas en que su organismo estaba diciendo: ya no puedo seguir regulándome así.
No se trataba de apagar síntomas uno por uno, sino entender qué tenían en común.
Porque los síntomas también son información.
Son una forma en la que el organismo muestra que algo en su funcionamiento dejó de estar dentro de los parámetros en los que venía funcionando.
Por eso, en lugar de apagar cada luz del tablero por separado, primero quiero entender por qué se encendieron varias al mismo tiempo.
3. El cuerpo muchas veces no te obliga a parar. Te enseña a funcionar peor
Hay una frase que escucho con frecuencia:
“Antes esto lo resolvía en 15 minutos y ahora me lleva dos horas.”
Ese cambio es mucho más importante de lo que parece.
Porque no necesariamente significa que dejaste de poder hacer las cosas.
Significa que para hacerlas necesitás mucho más esfuerzo.
Pensás más lento.
Te cuesta concentrarte.
Leés el mismo mensaje dos veces.
Postergás decisiones simples.
Te levantás cansado aunque hayas dormido.
Terminás el día agotado y, aun así, sentís que no avanzaste como antes.
El problema es que solemos medir la salud con una pregunta demasiado básica:
“¿Todavía puedo hacerlo?”
Y mientras la respuesta sea sí, seguimos adelante.
Pero hay otra pregunta mucho más útil:
“¿Con cuánto costo biológico estoy pudiendo hacerlo?”
Porque el deterioro no siempre se presenta como una imposibilidad.
Muchas veces se presenta como una pérdida progresiva de eficiencia.
Seguís funcionando.
Pero cada vez necesitás más de vos para sostener el mismo funcionamiento.
4. Descansar no siempre es recuperarte
Hace algunos años, la dueña de una agencia marítima me dijo algo que no me olvidé:
“El único momento en que encuentro disfrute es cuando me voy a dormir.”
Había llegado a sus primeras vacaciones en años.
En teoría, había desaparecido el problema.
No había reuniones.
No había clientes.
No había urgencias.
No tenía que resolver nada.
Pero no consiguió disfrutar.
Porque sacar el trabajo de la agenda no necesariamente significa que el organismo haya salido del estado en el que venía funcionando.
Esto también aparece en situaciones mucho más cotidianas.
Llegás a tu casa.
Te sentás.
Tenés tiempo.
Pero seguís pensando en la empresa.
Te vas de vacaciones.
Pero mirás el teléfono.
Te acostás agotado.
Pero tu cabeza sigue trabajando.
Y entonces aparece una diferencia fundamental:
descansar es dejar de hacer. Recuperarte es volver a estar en condiciones de funcionar bien.
No siempre son lo mismo.
Por eso, cuando evalúo a una persona, no me interesa solamente cuánto descansa.
Me interesa saber si realmente está recuperando lo que gasta.
5. Podés saber perfectamente qué deberías hacer y aun así no conseguir hacerlo
Este fue uno de los descubrimientos más importantes de mi práctica.
Porque muchas personas que llegan a consulta ya saben muchísimo.
Saben que deberían dormir más.
Saben que necesitan parar.
Saben que deberían comer mejor.
Saben que necesitan hacer ejercicio.
Saben que no pueden seguir trabajando de esa manera.
Saben incluso qué tendrían que cambiar.
Y sin embargo no consiguen sostenerlo.
Gastón, socio en una arenera y hormigonera, por ejemplo, trabajaba jornadas larguísimas.
Tenía tiempo libre, pero muchas veces aparecía la culpa cuando no estaba haciendo algo “productivo”.
Podía pasar de tener demasiadas cosas pendientes a quedarse paralizado sin hacer ninguna.
Y sabía perfectamente que necesitaba hacer cambios.
El problema no era la información.
Era el funcionamiento que se había instalado.
Con el tiempo empezó a hacer algo que para él era mucho más importante que simplemente “organizarse mejor”:
empezó a poder decidir no hacer.
Dejó de sentirse obligado a rescatar todo.
Bajó expectativas imposibles.
Empezó a recuperar espacios propios.
Y dejó de necesitar que una situación extrema lo obligara a parar.
Esto me enseñó algo fundamental:
saber qué hacer no significa necesariamente estar en condiciones de hacerlo.
A veces primero hay que modificar el estado desde el cual una persona está intentando cambiar.
6. No alcanza con tratar cada manifestación por separado
Cuanto más casos veía, más evidente se volvía algo.
El sueño.
La digestión.
La energía.
La tensión muscular.
La irritabilidad.
La concentración.
La ansiedad.
La capacidad de desconectar.
La relación con el trabajo.
La forma de comer.
La dificultad para descansar.
No son necesariamente problemas independientes.
Pueden ser distintas expresiones de un organismo que está teniendo dificultades para regularse dentro de las condiciones en las que está viviendo.
Por eso mi forma de trabajar no consiste en perseguir síntomas uno por uno.
Primero necesito entender cómo está funcionando la persona como un todo.
Qué está pasando biológicamente.
Qué está pasando en su mundo interno.
Cómo está viviendo.
Cómo está trabajando.
Qué demandas sostiene.
Qué lugar ocupa el control.
Qué posibilidades reales tiene de recuperarse.
Y qué cosas de su vida están manteniendo el problema.
Porque podés mejorar un síntoma.
Pero si el organismo vuelve inmediatamente a las mismas condiciones que lo llevaron hasta ahí, la historia puede repetirse.
7. Equilibrar el organismo no alcanza si lo devolvés exactamente a las mismas condiciones que lo desequilibraron
Este fue probablemente el aprendizaje más importante de todos.
Un dueño de una empresa familiar distribuidora de gases envasados llegó a consulta porque sentía que su cuerpo había dejado de responder como antes.
Hacía actividad física desde hacía años.
Nadaba, jugaba al tenis y entrenaba musculación.
Se cuidaba.
Pero después de tener dengue había aumentado varios kilos, estaba cansado, dormía mal y había empezado a tener episodios en los que sentía que podía desmayarse mientras entrenaba.
Mientras tanto, en la empresa estaban, como él decía, “reventados de trabajo”.
“No damos abasto.”
“A veces ni tiempo para comer.”
Y él lo resumía de una manera muy gráfica:
“Estoy a 380.”
No necesitaba que alguien le dijera simplemente que hiciera más ejercicio.
Ya hacía ejercicio.
No necesitaba otra lista de alimentos saludables.
El problema era mucho más amplio.
Había que entender qué estaba pasando con su organismo y, al mismo tiempo, qué condiciones de vida estaban sosteniendo ese estado.
Trabajamos sobre su funcionamiento físico, sus ritmos, su descanso, su alimentación, su recuperación y la forma en que estaba organizando sus días.
Y también hubo que mirar algo que parecía estar fuera de la consulta:
la empresa.
Porque mientras él intentaba recuperarse, seguía viviendo dentro de una estructura que lo mantenía permanentemente activado.
Con el tiempo comenzaron a aparecer cambios concretos.
Desaparecieron los episodios de mareo durante el entrenamiento.
Su energía se estabilizó.
Empezó a dormir profundamente.
Dejó de despertarse con la boca seca y la necesidad de tomar agua durante la noche.
La sensación de hambre permanente desapareció.
Su cuerpo empezó nuevamente a responder.
Y algo que para mí fue todavía más importante:
su vida empezó a tener otro ritmo.
La empresa también comenzó a ordenarse.
Algunas decisiones que antes parecían imposibles se tomaron.
La carga dejó de depender tanto de él.
Y él empezó a recuperar algo que había perdido sin darse cuenta:
la sensación de que podía dirigir su vida, en lugar de limitarse a responder a todo lo que aparecía.
Ese caso terminó de confirmar algo que hoy es central en mi forma de trabajar:
no alcanza con equilibrar el organismo. Hay que cambiar las condiciones en las que ese organismo tiene que vivir.
Y también funciona al revés:
cambiar esas condiciones no siempre alcanza cuando el organismo ya perdió capacidad de regularse adecuadamente.
Por eso ambas cosas tienen que trabajar juntas.
Mi forma de trabajar
Mi forma de trabajar
No trabajo para que simplemente “te sientas un poco mejor”.
Y tampoco te propongo abandonar tu empresa, trabajar cuatro horas, levantarte a las cinco de la mañana o convertirte en una persona obsesionada con hábitos saludables.
Tampoco creo que la solución sea soportar mejor la vida que te está desgastando.
Mi trabajo parte de una pregunta diferente:
¿Cómo está funcionando el hombre que sostiene todo esto?
Porque vos no sos solamente el dueño de una empresa.
También sos el cuerpo que la sostiene.
La cabeza que toma las decisiones.
La persona que vuelve a su casa.
La pareja.
El padre.
El amigo.
El hombre que debería poder disfrutar de todo lo que construyó.
Y cuando tu funcionamiento empieza a deteriorarse, tarde o temprano eso termina afectando todos esos lugares.
Por eso, mi abordaje integra la recuperación del organismo con una reorganización concreta de la vida que lo sostiene.
Y para hacerlo desarrollé NORA, un método de cuatro etapas:
1. Normalizar
Primero hacemos visible lo que se fue volviendo normal.
El cansancio.
La falta de tiempo.
La dificultad para desconectar.
La empresa ocupando cada espacio.
Las cosas que antes hacías sin esfuerzo y ahora te cuestan cada vez más.
Identificamos qué cambió, qué estás sosteniendo de manera automática y qué parte de tu vida está consumiendo más energía de la que debería.
Porque no podés cambiar aquello que todavía interpretás como “lo normal”.
2. Orden
Una vez que entendemos qué está pasando, hay que ordenar.
No se trata de llenar tu agenda de nuevas obligaciones.
Se trata de decidir qué es verdaderamente importante para vos y qué ya no puede seguir ocupando el lugar que ocupa.
Definimos qué necesitás priorizar para acercarte a la vida que realmente querés vivir y qué necesitás dejar de hacer, sostener o permitir porque hoy te aleja de ella.
Porque recuperar tu salud también implica volver a decidir qué merece tu tiempo, tu energía y tu presencia.
3. Rutina
Después llevamos esas prioridades a tu vida real.
No con una lista interminable de hábitos ideales, sino con cambios concretos, progresivos y sostenibles.
Empezamos por lo que tiene menor resistencia y mayor impacto.
Buscamos introducir una cuña saludable: un cambio pequeño, concreto y posible que interrumpa la inercia en la que venís funcionando y abra espacio para una forma distinta de vivir.
No intentamos cambiar todo de golpe.
Encontramos el punto en el que una modificación relativamente pequeña puede producir una mejora significativa y, a partir de ahí, construimos sobre lo que ya funciona.
Lo implementamos.
Lo sostenemos.
Y recién cuando eso está incorporado, avanzamos.
Porque el objetivo no es que puedas hacerlo durante una semana.
Es que esa cuña saludable se convierta en una nueva base desde la cual puedas organizar el resto de tu vida.
4. Autonomía
Finalmente, el sistema tiene que poder funcionar sin que dependas permanentemente de alguien que te recuerde qué hacer.
Porque si solo cambiás cuando el cuerpo te obliga, terminás siendo hijo del rigor: esperás a que el cansancio, el insomnio o una señal más fuerte te obliguen a ocuparte de vos.
La autonomía consiste en dejar de necesitar una crisis para hacer lo que ya sabés que necesitás hacer.
Que puedas sostener tus prioridades.
Que puedas decidir.
Que puedas recuperar espacios sin sentir que la empresa se cae cuando dejás de estar encima.
Que puedas pasar de reaccionar constantemente a dirigir nuevamente.
Pero NORA no reemplaza el tratamiento médico.
Es la otra mitad.
Porque no alcanza con equilibrar el organismo si después lo devolvemos exactamente a las mismas condiciones que lo desequilibraron.
Y tampoco alcanza con cambiar esas condiciones si el organismo ya necesita recuperar su capacidad de regulación.
Por eso ambas cosas se trabajan juntas:
recuperar la capacidad de regulación del organismo y reorganizar las condiciones de vida que permiten conservarla.
Volver a sentir que tu vida también te pertenece
Quizás después de leer todo esto estés pensando:
“Sí. Esto es exactamente lo que me está pasando.”
Seguís funcionando.
Seguís trabajando.
Seguís resolviendo.
Pero ya no querés que para que todo siga funcionando tengas que estar vos permanentemente al límite.
Querés volver a dormir y sentir que descansaste.
Llegar a tu casa y estar realmente ahí.
Poder apagar el teléfono sin sentir que algo se va a descontrolar.
Tener energía para hacer algo que disfrutás.
Estar presente con tu pareja, con tus hijos, con tus amigos.
Tomarte unas vacaciones y realmente estar de vacaciones.
Seguir creciendo sin sentir que cada nuevo logro te exige entregar un poco más de vos.
Y, sobre todo, volver a sentir que sos vos quien dirige tu vida, y no la empresa quien dirige la tuya.
Eso es lo que buscamos recuperar.
Pero antes de empezar, hay algo que necesito saber:
qué está pasando realmente con vos.
Por eso, el primer paso es una evaluación inicial gratuita de 15 minutos por videollamada.
En esos 15 minutos quiero conocer qué cambió en vos, cómo estás funcionando hoy, qué está pasando con tu descanso, tu energía, tu concentración y tu capacidad de desconectar; cómo es actualmente tu relación con el trabajo y qué intentaste hacer hasta ahora.
La finalidad es muy concreta:
determinar si lo que estás viviendo encaja con mi forma de trabajar y si tiene sentido avanzar hacia una evaluación médica más profunda.
Por eso, esta llamada no es una consulta médica ni una llamada de ventas disfrazada.
Es una conversación breve para entender tu situación y decidir si tiene sentido que avancemos.
Si considero que puedo ayudarte, te voy a explicar cómo sería el siguiente paso.
Y si no creo que sea la persona adecuada para tu caso, también te lo voy a decir.
Porque no tiene sentido empezar un tratamiento antes de saber si realmente hay algo que podamos trabajar juntos.
Si seguís funcionando, pero sentís que ya no lo hacés como antes, no esperes a que tu cuerpo tenga que obligarte a parar.
Quiero tener mi videollamada gratuita de 15 minutos →
Los casos mencionados en esta página son ejemplos clínicos utilizados para explicar mi forma de trabajo. Los resultados de cada persona dependen de su situación particular y no constituyen una promesa de resultados futuros.
Dr. Mariano Parapar
Médico de dueños de empresa y profesionales independientes